martes, 13 de marzo de 2007

La Luna de Queso

La Luna es de queso. Un queso grande, redondo y blanco.

Tan blanca es, que el Ratoncito Pérez se quedaba embobado mirándola noche tras noche. Y siempre pensaba lo mismo: ¿cómo podría él darle un mordisquito a esa Luna tan apetitosa?

Por más que lo intentaba, no lograba llegar con sus saltitos ni siquiera un poquito cerca. Pero estaba seguro que la tocaba con su hociquito. ¡Casi podía oler el aroma que desprendía!

Por las noches, soñaba que excavaba túneles en la Luna blanca de queso. Y pasaba horas y horas comiendo y excavando, túnel tras túnel hasta que, de pronto, ¡la Luna se acababa y él se caía al vacío! Pero siempre se despertaba en su colchón, ¡aunque con un buen susto!

Lo siguiente que hizo, fue buscar un lugar lo suficientemente alto desde el que pudiese acercarse lo bastante para saltar a ella.


Buscó y buscó. Se subió a las casas más altas; a los campanarios más puntiagudos; incluso a alguna montaña. Pero desde ninguno de esos sitios conseguía llegar con sus saltitos a rozar la Luna de queso.

Tan desilusionado y triste estaba, que se encerró en su casita y no salió durante días y días. Sus vecinos, extrañados, se preguntaban si estaría enfermo. Pero no contestaba a sus llamadas.

Entonces, un buen día, salió de su casita, con el hatillo al hombro y muy sonriente. "¿Dónde vas tan contento?", le preguntaron sus vecinos. Pero el Ratoncito Pérez se limitó a mirarles con su cara sonriente y se marchó. Y nunca jamás se le volvió a ver por allí.

Pero dicen que de alguna manera consiguió su deseo, porque de repente, a la Luna blanca de queso le empezaron a aparecer unos extraños agujeros negros.

Y todos dicen que esos agujeros los hizo el Ratoncito Pérez, que se comió la Luna blanca de queso...

Texto: Luz Olego
Dibujo: Elena Arauzo
Fuente: Luna de Queso



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