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sábado, 15 de septiembre de 2007

El Lobo que Cree que la Luna es Queso

Andaba el lobo muy hambriento y ya no sabía que hacer para coger algún animal para comerselo. Y por hay encuentrasé con la zorra y le dice:

-- Oiga usted, señora zorra, que me la voy a comer.

Y la zorra le dijo:

--Pero mire usted, que estoy muy flaca. No soy más que huesos y pellejos.
--No, que usted estaba muy gordita el pasado año.
--El año pasado si que estaba gordita, pero ahora tengo que darles de mamar a mis cuatro zorritos y apenas hallo bastante para crear leche para ellos.
--¡Que no me importa!, la dijo el lobo.
Y iba a darle la primera mordida, cuando la zorra le dijo:
--Deténgase usted, por dios, señor lobo. Mire que yo se donde vive un señor que tiene un pozo lleno de quesos.

Y se fueron la zorra y el lobo a buscar los quesos. Y llegaron a una casa y pasaron unas tapias y llegaron ande el pozo, y la Luna se reflejaba en el agua y parecía un queso. Y se asomó la zorra y volvió y le dijo al lobo:

--¡Ay amigo lobo, que el queso es grandón! Mire asomesé usted.
Y se asomó el lobo y vió la Luna y creyó que era un queso grandón. Pero el lobo sospechoso ,la dijo a la zorra:
--Pues bueno, amiga zorra, entre usted por el queso. Y la zorra se metió en uno de los cubos y entró por el queso. Y desde abajo le gritaba al lobo:
--¡Ay, amigo lobo! ¡Que grandón está el queso! ¡No puedo con él! Venga usted a ayudarme a subirle.
--Pero no puedo yo entrar -- la decía el lobo--. ¿Cómo voy yo a entrar? Súbalo usted sóla.
--Y la zorra le dijo:
--Pero no sea usted torpe. Metasé usted en el otro cubo y verá como así entra fácilmente.

Y se metió la zorra entonces en el cubo ande había bajado. Y el lobo se metió en el otro cubo y, como pesaba más, se deslizó para abajo y la zorra subió para arriba. Y hay se quedó el lobo buscando el queso, y la zorra se fue muy contenta a ver a sus zorritos.

Cuento Popular Español

viernes, 10 de agosto de 2007

Giraluna

Todo fue de repente. En un instante. Una pequeñísima fracción de tiempo. ¿Cómo explicarlo?
Bueno, digamos que en lo que dura un parpadeo: un abrir y cerrar de ojos... pero no un parpadeo cualquiera. Un presagio. ¿Cómo describirlo?

Podríamos decir, por ejemplo, que los árboles pendían de arriba y sus copas colgaban del cielo hacia nosotros.
Sí, era como un extraño cielo de tierra que se hallaba lejos, lejísimos, muy encima de nuestras miradas, y aquí, donde antes solía estar la tierra, había nubes, sólo nubes de diferentes tamaños, ¡nubes por todos lados! Y, además, una fina lluvia brotaba de abajo hacia arriba, como rehilete, vertical, del suelo al cielo, que más que mojarnos, nos hacía cosquillas en el cuerpo.

Los rayos del sol rozaban nuestras cabezas y estallaban en luminosos senderos a la altura de nuestro pecho.

Más allá, también arriba y lejos, el mar podía verse como suspendido, como enorme espejo de azules y blancos y, a pesar de verlo como si estuviese detenido, podíamos adivinar su himno de vaivenes, la canción que el mar canta para arrullar a las olas. También, entre los grandes fragmentos de esa extraña tierra celeste, se alcanzaban a ver los ríos que recorrían las porciones elevadas de continentes, como venas azules de un sorprendente cielo café.

El agua de lluvia lograba rociar las flores que, desde allá arriba, parecían sonreírnos gustosas y frescas.
Y nosotros no podíamos creerlo; admirábamos el paisaje locos de asombro y de alegría: ¡estábamos caminando sobre nubes! Nubes por todas partes; corríamos sobre ellas, brincábamos y ¡no se deshacían¡; nos dejábamos caer sobre ellas y, lejos de golpearnos, sentiamos el roce de la espuma que nos envolvía como enormes manos de blanco algodón dulce.
Hacíamos guerritas de copos de neblina y disfrutábamos de un fresco olor a pompas de jabón, entre los murmullos de la bruma.

Seguramente los demás niños se habían dado cuenta del maravilloso cambio, pero quizá sus padres se habían asustado y no les habían permitido salir a jugar. A nosotros sí: Luis Antonio saltaba tomado de la mano de Lorena, entrando y saliendo entre los montes de nube, mientras Sofía y yo nos revolcábamos en el espumoso suelo como si rodáramos sobre una inmensidad acolchonada de burbujas.


-¡Miren! -exclamó Sofía, y señaló un enorme semicírculo de colores que, como una gigantesca y alargada U, se extendía a algunos metros de distancia.
-¡Es el arco iris! -respondimos al unísono Luis Antonio y yo.
-Pero, ¿por qué está así? -inquirió Sofía, asombrada de ver un arco iris sobre el suelo.
-¿Qué no ves- le dije -que todo el cielo está al revés?


Sin preguntar, tropezándose con montículos de niebla, Lorena ya iba corriendo para averiguar en qué consistía ese colorido resplandor.
-Cuida a tu hermana, Gabriel -me dijo Luis Antonio y me apresuré a detenerla, sin permitirle acercarse hasta que Luis y yo averiguáramos si no eran peligrosas esas franjas de colores.
Y allí estaba, conformado un grandioso arco de siete fulgores; casi se podían tocar.
-Podemos jugar a la reta -exclamó Sofía, pero Luis Antonio y yo respondimos que sería muy dificíl dar vueltas a tantos colores juntos y tan largos.


Yo propuse jugar a salto de longitud y, así, cada color sería la medida de nuestro esfuerzo.
Como Lorena era la menor, le dimos oportunidad de iniciar la carrera desde el naranja; ella corrió y sólo logró caer en el amarillo. Íbamos a consolarla y estábamos dispuestos a aplaudir su salto, aunque sabíamos que había sido muy pequeño, cuando, de repente, ¡su vestido blanco se llenó de girasoles!, todos la mirábamos sin poder creerlo y ella, contenta, sólo se hizo a un lado para que los demás saltáramos.


Luis Antonio trazó con el talón una raya atrás del rojo, voló, corrió, voló... y fue a dar al verde. Antes de que pudiéramos decirle cualquier cosa, Luis Antonio enseñaba feliz una bolsa de caramelos de limón que, al tocarlos, cambiaban de forma, crecían o se achicaban y, sin querer convidarnos, dijo que se los iba a comer todos.

Sofía insistió en saltar sin ninguna ventaja. Se colocó en la misma línea de la que había partido su hermano y puso todo su esfuerzo en el brinco que la llevó al naranja.
Lloraba porque era la que menos había saltado; ya íbamos hacia ella, cuando el propio color naranja la reconfortó: la franja la envolvió y la elevó por encima de las nubes, la hizo reír y le regaló muchas paletas de naranja que Sofía repartió entre todos, porque a ella sí le gustaba compartir y, además, eran tantas, que no cabían en todo el espacio de su falda recogida.

-¡Que salte Gabriel! -aclamaron todos. Yo estaba muy nervioso.

Era el más alto y temía no lograr nada. Cerré los ojos, sentí un calor que subía desde las plantas de los pies hasta mi cabeza y corrí, corrí, corrí y al caer, me volví y me di cuenta que había saltado todos los colores.

Gané el juego, pero perdí la oportunidad de que el arco iris me regalara algo. De pronto escuché un ¡pssst!, ¡pssst! La voz provenía de un refulgente semicírculo blanco. Me acerqué. Los demás venían detrás pero yo les llevaba bastante ventaja. Cuando llegué, la luz era muy intensa, mis ojos tuvieron que esperar unos instantes para no cegarse.

Cuando pude abrirlos, vi a un conejo gris que me llamaba y me ofrecía unas gomitas dulces que sabían deliciosas y que nunca antes había probado.

-Te felicito- me dijo mientras pasaba la mano por mi cabeza -.Tu cabello es suave y negro como la noche en que fui engendrado, la noche del principio del mundo- susurró.

Mis amigos y mi hermana llegaron justo cuando le estaba preguntando quién era. Los cuatro lo mirábamos
sorprendidos, él nos invitó a pasar a su casa, que semejaba un inmenso iglú resplandeciente y entramos de inmediato, puesto que a todos nos inspiró simpatía y confianza.

-¡Tengan, jueguen!, -exclamó el conejo y nos regaló unos cristales que dejaban ver los seis colores sobre los que habíamos saltado.

-Otra vez el arco iris, pero en chiquito- pronuncio Sofía admirada.
-Sí- repuso el conejo -, lo que sucede es que mi casa está llena de luz y cuando ésta atraviesa un prisma, se pueden ver distintas ondas en forma de bandas de colores.

-¿De dónde vienes?- preguntó Lorena.
-Dentro de unos minutos lo sabrán. Me dio mucho gusto conocerlos. Ahora salgan , porque, como buen conejo que soy, siempre tengo prisa.

Le dimos la mano al conejo. La noche empezaba a invadir el espacio nebuloso y la luna caminaba mágicamente hacia el cielo crepuscular, mientras nuestro amigo se despedía con un afectuoso ademán.

-Su casa es la Luna, ¡qué maravilla!- repetía Lorena.
Lentamente la Luna fue ascendiendo hacia un cielo que, poco apoco, se oscurecía para dar cabida al fosforescente astro. Las nubes se desmoronaban y los árboles, el pasto y el mar, dulcemente descendían y pronunciaban nuestros nombres bajito, como se duerme a los niños:
-Gabriel, Luis Antonio, Sofía, Lorena, somos cómplices, no lo cuenten, tampoco lo olviden.

Y allí nos quedamos, como testigos del principio del mundo, sintiéndonos felices. Cuando terminó el juego de resplandores, nos abrazamos, prometimos guardar el secreto y nos fuimos a dormir, sabiendo que habíamos sido escogidos para presenciar y llevar dentro para siempre un día de giraluna.


Jennie Ostrosky
Ilustraciones de Ollin


Fuente:Cuentos para chiquitos


martes, 5 de junio de 2007

La Luna y el Jaguar

En una arete fiesta muy grande, el pueblo se encontraba gozando de la abundancia del maíz danzando y bebiendo el sagrado kägui (bebida especial de las fiestas) en agradecimiento a las bondades de ñandeRu Tumpa nuestro Padre Dios. Una pareja, tenía por hija a Inomu, una joven muy hermosa, la misma que acompañaba a sus padres rodeada de otras muchachas de la aldea. Sin embargo, nadie se había percatado de que la doncella enamoraba a escondidas con el apuesto Tatu tumpa dios Armadillo. Cierta mañana, una Ärakua (pava silvestre) entonó una melodía, diciendo: "ärakua pichuikua, ärakua pichuikua... Inomu ipurua vìari, Inomu ipurúa vìari... ärakua pichuikua, ärakua pichuikua... Inomu está embarazada, Inomu está embarazada...".

Pasmados por semejante noticia, los danzarines dejaron de entonar sus canciones y los presentes, interrumpiendo la fiesta, comenzaron murmurar en contra de la bella Inomu que había deshonrado a la familia y violado las buenas costumbres de la aldea. Los padres de la joven, muy avergonzados por la actitud de su única hija, abandonaron la fiesta y se apresuraron a despedirla de la aldea. De nada sirvieron las desesperadas súplicas de la muchacha por tratar de convencer a sus padres...

Inomu, expulsada y martirizada por semejante humillación, lloraba desconsoladamente por la selva esperando que alguien se apiade de ella. Fue entonces cuando uno de sus hijos, desde sus entrañas, le pregunta: "¿por qué lloras querida madrecita?" Inomu les explica lo sucedido a sus hijos, y ellos la consolaron y se comprometieron a indicarle el camino que conduce a la casa de su padre, el Tatú tüpa dios Tatú, con la condición de que ella recogiera todas las flores que encontrara a su paso. Así, cargada de flores, Inomu caminaba por la selva, hasta que se cansó y se quejó diciéndoles: "¿no les da pena sacrificar ustedes más a su madre, cargándola de tantas flores?. Los niños, entonces, se enojaron con su madre y no le volvieron a hablar más.

Inomu se equivocó de camino y llegó a la casa de los jaguares, quienes no tardaron en devorada, pero los gemelos fueron salvados por la madre (una anciana) de estos jaguares. Cuando los niños crecieron, vengaron la muerte de su madre matando a todos los jaguares, menos a uno de ellos que tenía dos cabezas, quien herido de una de las cabezas corrió a ocultarse debajo del tìru manto de una anciana que se encontraba sentada en una colina (era Yasì la Luna). Cuando los jóvenes llegaron ahí, Yasì Luna les mintió diciendo que no ocultaba a nadie. Pero cuando ellos se alejaron, Yasì gritaba: ¡Peyuuuuu, ko Yagua che reutamaaaa...!

¡Auxilio, que el jaguar me está devorando! Mas cuando los gemelos regresaron, Yasì se revolcaba riendo a carcajadas. La misma broma repitió por segunda y tercera vez. Entonces, los gemelos le dijeron: "Arakae yave ndekueraií kuri esapukaitei eiko, yaecha kia tou tande repì kuri yagua iyurugui". "En vano pedirás auxilio cuando algún día el Jaguar te devore de verdad, porque nadie vendrá a tu rescate".

Los guaraní creen que cuando la luna se oscurece (eclipse) es que el Jaguar la está devorando. Para ahuyentarlo, los hijos primogénitos deberán gritar a todo pulmón y la población entera provocará estremecedores ruidos a fin de que el Jaguar se asuste y no acabe con la luna. La mancha que se observa en la luna, es la figura de un jaguar acostado dentro del manto de Yasi, según ellos.

Leyenda Guaraní

sábado, 5 de mayo de 2007

El Giraluna

Una vez, en un campo de girasoles nació un giraluna.

Los girasoles nacen uno al lado del otro, son todos igualitos,adoran al sol y desde que amanece levantan la cabeza hacia el cielo para verlo salir.

En cuanto el sol se levanta, los girasoles ya no pueden dejar de mirarlo. Y mientras el sol va corriendo por el cielo, los girasoles van volviendo la cabeza para no dejar de verlo.Cuando, por la tarde, el sol se acuesta a lo lejos, en la raya del horizonte, a los girasoles se les dobla la cabeza de tan cansados como están ,de estar todo el dia mirando y mirando. Y se duermen como plomos.

El giraluna es algo muy diferente. El giraluna nace solo y siempre es una sorpresa. Hay muy poca gente en el mundo que haya podido ver, o escuchar a un giraluna. ¿Y sabeis por que?

Pues porque el giraluna vive de noche y en secreto, cuando todo el mundo duerme. Ni siquiera los girasoles que crecen a su lado, y a esas horas están dormidos como troncos, se enteran.

Aquel giraluna nació una noche de verano,cuando en el cielo, todo lleno de estrellas, la luna era una rajita de plata. En cuanto el giraluna brotó de la tierra, y asomó un tallo blanco que apenas se veía. se puso a cantar muy bajo.

"Luna ,lunera
cascabelera
los ojos azules
la cara morena... "


Y así una noche detras de otra, mientras la Luna se iba agrandando en el cielo, el giraluna siguía creciendo y cantando sin dejar de mirarla.

"Luna ,lunera
cascabelera
aún estas chiquita
arroz y canela... "


El giraluna cada noche cantaba más alto, y con una voz tan clara que parecía una campanilla de cristal,Se podía pasar horas y horas inventando versos nuevos.

"Luna lunera
cascabelera
bailando en el aire
ya estas casi llena... "


Subió por encima de los girasoles dormidos y , cuando ya estuvo muy alto, la flor del giraluna se abrió en el aire. El giraluna tiene una flor hermosisima, blanca y brillante, que baila y se mueve igual que si volara, mientras todas sus hojas suenan lo mismo que flautas y cascabeles.

En la noche de Luna llena, el giraluna parecía una cometa maravillosa que podía alargar su tallo hasta alcanzar el cielo, y jugar en el aire, loco de alegría, y doblarse bailando hasta tocar la tierra.Antes de que amaneciera y llegara la luz de la mañana, el giraluna cerró su flor y empezo a achicarse para que nadie lo viera.


En los dias siguientes , poco a poco, la luna empezó a menguar haciendose cada vez más pequeña, hasta que una noche desapareció y ya no se la vio en el cielo. Y el giraluna, que se había ido encogiendo y estaba ya muy chiquitito, volvió a meterse bajo tierra mientras seguía cantando con una voz que apenas se oía.

"Luna, lunera
cascabelera
los ojos azules
la cara morena...
Luna ,lunera
cascabelera
otra vez te escondes
espero a que vuelvas...
Espero a que vuelvas..."

Autor: Sisibel


martes, 13 de marzo de 2007

La Luna de Queso

La Luna es de queso. Un queso grande, redondo y blanco.

Tan blanca es, que el Ratoncito Pérez se quedaba embobado mirándola noche tras noche. Y siempre pensaba lo mismo: ¿cómo podría él darle un mordisquito a esa Luna tan apetitosa?

Por más que lo intentaba, no lograba llegar con sus saltitos ni siquiera un poquito cerca. Pero estaba seguro que la tocaba con su hociquito. ¡Casi podía oler el aroma que desprendía!

Por las noches, soñaba que excavaba túneles en la Luna blanca de queso. Y pasaba horas y horas comiendo y excavando, túnel tras túnel hasta que, de pronto, ¡la Luna se acababa y él se caía al vacío! Pero siempre se despertaba en su colchón, ¡aunque con un buen susto!

Lo siguiente que hizo, fue buscar un lugar lo suficientemente alto desde el que pudiese acercarse lo bastante para saltar a ella.


Buscó y buscó. Se subió a las casas más altas; a los campanarios más puntiagudos; incluso a alguna montaña. Pero desde ninguno de esos sitios conseguía llegar con sus saltitos a rozar la Luna de queso.

Tan desilusionado y triste estaba, que se encerró en su casita y no salió durante días y días. Sus vecinos, extrañados, se preguntaban si estaría enfermo. Pero no contestaba a sus llamadas.

Entonces, un buen día, salió de su casita, con el hatillo al hombro y muy sonriente. "¿Dónde vas tan contento?", le preguntaron sus vecinos. Pero el Ratoncito Pérez se limitó a mirarles con su cara sonriente y se marchó. Y nunca jamás se le volvió a ver por allí.

Pero dicen que de alguna manera consiguió su deseo, porque de repente, a la Luna blanca de queso le empezaron a aparecer unos extraños agujeros negros.

Y todos dicen que esos agujeros los hizo el Ratoncito Pérez, que se comió la Luna blanca de queso...

Texto: Luz Olego
Dibujo: Elena Arauzo
Fuente: Luna de Queso



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lunes, 19 de febrero de 2007

Lirio de Agua

Érase una vez un grupo jovenes muchachas indias fascinadas por la Luna y las estrellas y se decidieron a tocarlas.

Pensaron que de esa forma se transformarían en una estrella o en la Luna. Subieron encima de una colina, pero eso no sirvió.

Persistentes, cada noche las muchachas intentaron siempre encontrar el palacio más alto, pero el cielo continuó estando ausente y lejano.

Una niña india estaba tan decepcionada que una noche vio la Luna reflejada en el lago y , sin dudar, se zambulló en las aguas profundas y desapareció.

La Luna, tocada por ese gesto, dedidió transformarla en una grande flor perfumada que sale solo en la noche: el lirio del agua.
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domingo, 28 de enero de 2007

El Queso en la Laguna (Veracruz)

Una noche de luna llena, el conejo fue a beber al lago. Al agacharse lo deslumbró un fuerte brillo. Levantó la cabeza y vio que era el reflejo de la luna, que parecía un gran queso hundido en el agua.

Le vino una idea a la mente: tomarle el pelo al coyote.

Respiró profundo y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Coyote! ¡Aquí está tu cena!

El coyote, que aún no había cenado, siguió los gritos del conejo y llegó al lago.

—¿Quién me grita? —preguntó.

—Yo, el conejo.

—¿Acaso vas a dejar que te coma?

—No, ¡pienso darte algo mejor! En el fondo del lago hay un queso grandote para ti.

El hambriento coyote se asomó al agua. Observó una mancha redonda y blanca en el interior.

—¡Un queso enorme! —gritó de alegría—. Pero, ¿cómo lo saco?

—Pues tómate el agua del lago. Cuando no quede ni una gota, podrás comerte el queso.

El coyote se puso en la orilla del lago y bebió con rapidez toda el agua que pudo.

El líquido le llenó las patas y la panza, es más, hasta le salía por las orejas. El coyote se hinchó tanto, que con el último trago reventó.

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